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Cómo controlar las emociones. Gestionar las emociones con fe

 
 
   
 
 
 

Hay formas de cómo controlar las emociones, pues ayudan a la santidad. Gestionar las emociones con fe y amor.

 

Cómo controlar las emociones para que nos ayuden a crecer en la vida espiritual. Gestionar las emociones es una tarea de cada día que tenemos que tener todos los auténticos cristianos. Se puede gestionar las emociones con fe, con la ayuda de Dios podemos llegar a mejorar nuestro camino de fe y de santidad.

La dolorosa y completa desconexión que vivimos entre lo que las emociones nos llevan a hacer y cómo realmente deberíamos enfrentarlas, es un aspecto innegable de la vida en un mundo caído.

Estamos hechos para Dios y para el bien, y ese es nuestro más profundo anhelo, pero nuestra naturaleza humana herida, se distrae y engaña fácilmente, y a menudo nos lleva por mal camino. Cómo controlar las emociones en nuestra vida es un proceso que puede llevar mucho tiempo pero que es posible con la ayuda de Dios.

San Pablo diagnosticó esta condición simplemente reflexionando sobre su propia experiencia de la división interna entre nuestra naturaleza caída y nuestra naturaleza redimida:

"Porque sé que nada bueno hay en mí, es decir, en mi carne. En efecto, el deseo de hacer el bien está a mi alcance, pero no el realizarlo. Y así, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero…Porque de acuerdo con el hombre interior, me complazco en la Ley de Dios, pero observo que hay en mis miembros otra ley que lucha contra la ley de mi razón y me ata a la ley del pecado que está en mis miembros". (Romanos 7,18-19, 22-23)

Esta es el alma humana, una arena a menudo llena de contiendas. Esta es el alma con la que Jesús nos manda a amar a Dios.

Cómo controlar las emociones

En realidad, las emociones nos permiten vivir ricas experiencias humanas, pero para ello necesitan ser educadas, y pueden ser educadas.

Bajo la gracia y dirección del Espíritu Santo, podemos llevar nuestro potencial emocional hacia una profunda armonía con lo que es verdadero, bueno y bello, y de esa manera nuestras emociones cumplirán su propósito real: energizarnos en la búsqueda del Reino de Dios.

Esta formación se lleva a cabo a través de 3 procesos básicos:

- La purificación,
- la integración,
- la unidad de nuestras emociones.

Estos 3 procesos corresponden a tres etapas de la vida espiritual, respectivamente: la infancia, adolescencia y madurez espiritual.

1. Purificando la emociones. Infancia Espiritual.

En la primera etapa del crecimiento espiritual, la purificación, nuestras emociones necesitan disciplina. Al igual que los niños mimados que hacen rabietas cada vez que se les niegan sus caprichos, las emociones indisciplinadas tiránica y violentamente buscan ser consentidas, pero esto no es sano.

Si permitimos que nuestro estado emocional volátil dicte nuestras acciones, nos quedaremos en la infancia espiritual para siempre.

Un joven caballo salvaje tiene una fuerza magnífica, un gran potencial. Pero maximizar ese potencial requiere entrenar al caballo, para que responda a la voluntad de su jinete.

El caballo necesita aprender cómo cargar una silla de montar, seguir las riendas y reconocer las señales del jinete. De esa forma, la fuerza bruta del caballo podrá ser aprovechada productivamente para un trabajo gratificante.

Las emociones son muy similares a eso. Son magníficas y potenciales fuentes de energía, que pueden ayudarnos a florecer nuestras facultades espirituales y llevarnos hacia la madurez.

Pero debemos aprender a someterlas a nuestras facultades superiores (inteligencia y voluntad) para lograr esas cualidades espirituales, y el primer paso en ese proceso es no permitir el exceso de las mismas a través de la disciplina.

No podemos permitir que las emociones gobiernen nuestras vidas si realmente queremos vivir plenamente.

2. Integrando las emociones. Adolescencia Espiritual.

A menudo los cristianos abandonan la educación de sus emociones en la primera etapa, al nivel de la disciplina y la abnegación, pero esa es una visión incompleta del papel de las emociones.

La purificación es solo la primera parte. La disciplina crea parámetros para una completa libertad, pero no equivale a la libertad total. Cuando ese caballo salvaje aprende a estar quieto bajo un estricto control, aún está aprendiendo la disciplina, pero a menos que se le enseñe a andar y correr sin tirar a su jinete, la disciplina no habrá logrado su propósito definitivo.

Por lo tanto, en la segunda etapa de la vida espiritual, Dios nos invita a ver más allá de nuestras emociones como enemigas del progreso espiritual.

Ahora que no somos esclavos de sus caprichos, podemos aprender a valorarlas y a entenderlas profundamente, ahora podemos enfrentar nuestras heridas emocionales y mecanismos de defensa; podemos darnos permiso de sentir nuestras emociones intensamente, sin temer que nos saboteen conduciéndonos al pecado.

El caballo está aprendiendo a correr con y para su jinete, nuestro universo emocional se está expandiendo y haciendo una importante contribución hacia la búsqueda de la santidad, no solo quedándose de pie con los ojos vendados.

En esta fase iluminativa aprendemos a diferenciar entre la vivificante disciplina emocional y la frustrante represión de nuestras emociones.

Además, Dios nos revela de manera gradual la profundidad de nuestras necesidades emocionales, y nos muestra cómo podemos satisfacerlas sanamente, sin regresar al peligroso ensimismamiento de la inmadurez emocional.

A medida que nuestras emociones se integran en nuestra relación con Dios y con nuestra misión de construir su Reino, nuestra personalidad madura en armonía con nuestra fe creciente, y nos convertimos en cristianos estables y alegres, capacitados para dar pasos firmes en el servicio al Señor.

3. Unidad y armonía de las emociones. Madurez Espiritual.

Mientras nuestras emociones están cada vez más al servicio de las verdades de la fe que hemos elegido para gobernar nuestras vidas, y Dios nos enseña a sentir las emociones sin dejar que controlen nuestras decisiones, nuestro mundo emocional se sincroniza cada vez más perfectamente con nuestro auténtico bien.

Así lucen nuestras emociones en la etapa unitiva y de madurez: hay armonía y cohesión entre lo que Dios ha grabado en nuestros corazones a través de su gracia y nuestros sentimientos naturales.

Los cristianos emocionalmente maduros no solo se sienten más atraídos espiritualmente hacia la oración, los sacramentos y las obras de misericordia, sino que también desarrollan una cercanía emocional con aquellos que están centrados de manera similar en las actividades de Dios.

Los sentimientos han aprendido a percibir el bien y disfrutar realmente al realizar buenas acciones, las cuales se hacían de forma fría o sin mayor emoción anteriormente.

De igual manera, cuando nuestras emociones están completamente integradas con nuestra fe, sentimos repulsión espontánea hacia las cosas espiritualmente peligrosas, que antes nos parecían atractivas.

La posibilidad de un negocio o acuerdo monetario que parece turbio pero lucrativo, puede ser una agonizante y seductora tentación para alguien que aun esté en la etapa de purificación emocional.

Cuando nuestras emociones han sido formadas por la fe y conformadas a los auténticos deseos de Cristo por lo que es bueno, y no solo por lo que es aparentemente bueno; una obvia invitación al pecado a menudo provoca una repulsión emocional, independientemente de los beneficios monetarios que pueda ofrecer.

Educando las emociones a ejemplo de los Santos.

Esta ha sido la experiencia de tantos santos, mártires y cristianos maduros, que han cooperado generosamente con la gracia de Dios, y que se encontraron a sí mismos deseando con todo su ser realizar la voluntad de Dios, incluso cuando fuese una cruz.

Y lo más reconfortante de todo es que esos santos y mártires comenzaron como nosotros: caídos, heridos y espiritualmente inmaduros.

La gran alianza de la gracia de Dios con su generoso esfuerzo, lentamente los transformaron, de la misma manera que lo harán con nosotros.

Así es como San Pablo lo describe, mostrándonos que la disciplina (ser crucificado con Cristo), lo llevo a una fe mucho más madura (la integración) y a una indescriptible unión mutua con el amor del Señor. Es ahí a donde Dios nos está llevando, a amarlo con toda nuestra alma:

"Pero en virtud de la Ley, he muerto a la Ley, a fin de vivir para Dios. Yo estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí: la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí". (Gálatas 2,19-20)

Al comienzo del viaje y algunas veces en el medio del mismo, las palabras de San Pablo quizá no compaginen con nosotros, ya que predominará la inconformidad causada por las emociones aun en formación.

Pero Dios está trabajando en eso, y cualquier sacrificio que hagamos, cualquier paso hacia la madurez espiritual que demos de su mano, por pequeño que sea, rendirá frutos desproporcionados:

"Acérquense a Dios y él se acercará a ustedes". (Santiago 4,8a)

 
 
Adaptación por Andrea Pérez. Artículo publicado en: Spiritual Direction, autor: Padre John Bartunek

pildorasdefe andrea perez de quero firmaAndrea Pérez, Venezolana viviendo en Ecuador, hija de Dios, mujer de fe, madre y esposa. De profesión ingeniera, y de corazón misionera. Trabajando día a día en mi crecimiento espiritual y buscando la coherencia, tomando como guía la frase de San Pablo: Cambia tu manera de pensar y cambiará tu manera de vivir (Ro 12,2)

 
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