Descubre cómo la Transfiguración del Señor no es solo un evento bíblico, sino la hoja de ruta de sanación y para superar los desiertos: ¡Sube ahora al Tabor! ⭐️
La Cuaresma es conocida tradicionalmente como un tiempo de desierto, de aridez y de introspección profunda. Sin embargo, en el corazón de este itinerario espiritual, la Iglesia nos presenta el episodio de la Transfiguración del Señor como un oasis necesario que sirve también como sanación interior. En el Monte Tabor, Jesús no solo revela su divinidad a Pedro, Santiago y Juan, sino que proyecta una luz que da sentido a los cuarenta días de sacrificio. Esta escena no es un evento aislado, sino una respuesta directa a la angustia de los discípulos tras el anuncio de la Pasión; es el recordatorio de que la cruz no tiene la última palabra, sino la gloria que la sucede.
Para nosotros, en medio de un 2026 acelerado y digitalizado, la Transfiguración actúa como un ancla de esperanza. Vivimos en una sociedad que a menudo se queda en la "superficie" de las cosas, olvidando que debajo de nuestras luchas cotidianas late una promesa de resurrección. Aplicar este pasaje a nuestra vida implica reconocer que nuestros momentos de "desierto", esas etapas de dolor, duda o cansancio, son necesarios para valorar la luz del Tabor. No subimos a la montaña para escapar de la realidad, sino para obtener la perspectiva adecuada que nos permita descender y enfrentar el mundo con una fuerza renovada.
El Tabor en lo cotidiano: Escuchar en el ruido
El Evangelio relata que una nube los cubrió y de ella salió una voz: "Este es mi Hijo amado, escuchadlo". Este mandato es el núcleo de la aplicación práctica de la Transfiguración en nuestra rutina diaria. En un mundo saturado de notificaciones, algoritmos y ruidos constantes, la voz del Padre nos llama a un silencio selectivo.
Escuchar a Jesús significa priorizar Su Palabra sobre las voces del desánimo o de la cultura del descarte. La transfiguración personal comienza cuando dejamos de ser oyentes pasivos y permitimos que el mensaje de Cristo moldee nuestras decisiones financieras, familiares y personales.
La transformación de los vestidos de Jesús, que se volvieron blancos como la luz, simboliza la pureza de intención que debemos buscar. En nuestra vida, esto se traduce en la transparencia y la coherencia. No podemos ser "luz" en las redes sociales si vivimos en tinieblas en nuestra intimidad.
El desafío de este tiempo litúrgico es permitir que esa misma luz que emanó de Cristo penetre en las áreas más oscuras de nuestro carácter, purificando nuestro egoísmo y transformando nuestras reacciones impulsivas en respuestas llenas de caridad y paciencia hacia los que nos rodean.
Construir tiendas o bajar al valle
Pedro, extasiado por la belleza del momento, sugiere construir tres tiendas para quedarse allí para siempre. Es una reacción humana y comprensible: queremos retener lo que nos hace sentir bien. Sin embargo, la respuesta de Jesús es el silencio y el movimiento hacia abajo.
La vida cristiana no es un estado de éxtasis permanente en la oración, sino un equilibrio entre la contemplación y la acción. Si bien los retiros y los momentos de paz espiritual son vitales para recargar el alma, el verdadero fruto de la Transfiguración se demuestra cuando bajamos del monte para servir a los que sufren en el valle de la cotidianidad.
Nuestras propias "tiendas" suelen ser nuestras zonas de confort, donde nos sentimos seguros y alejados de los problemas de los demás.
La Cuaresma nos impulsa a no instalarnos en la comodidad espiritual. Aplicar la escena del Tabor significa llevar la esperanza que recibimos en la oración a los lugares donde hay desesperanza. La gloria que contemplamos en la fe debe convertirse en manos que ayudan, en oídos que escuchan y en pies que caminan junto al necesitado.
La Transfiguración es, en última instancia, una llamada a la misión; una preparación para que, cuando llegue nuestra propia "Pasión", tengamos la certeza de la victoria.
Camino de sanación: mirada en la meta final
Finalmente, la Transfiguración nos enseña un camino de sanación, a mirar más allá de lo inmediato. Los discípulos estaban asustados, pero la visión de Cristo glorioso les dio la resistencia necesaria para lo que vendría después. En nuestras vidas, a menudo nos abrumamos por las dificultades económicas, las crisis de salud o los conflictos relacionales.
La lección del Tabor es que estas realidades son temporales y que estamos destinados a algo mucho más grande. Al mantener la mirada en la gloria de Cristo, nuestras cargas actuales no desaparecen, pero sí adquieren un nuevo peso, un peso de gloria que nos permite caminar con dignidad.
Al concluir este camino hacia la Pascua, debemos preguntarnos qué partes de nuestra vida necesitan ser sanadas y transfiguradas. No busquemos cambios superficiales, sino una metamorfosis del corazón que solo se logra bajo la mirada de Dios.
Que esta Cuaresma no sea simplemente una serie de ritos externos, sino un ascenso consciente al Tabor personal, donde podamos, a través de este camino de sanación, dejar atrás nuestras vestiduras viejas y revestirnos de la luz de Cristo, para que al final del camino, podamos decir con San Pedro: "Señor, ¡qué bien se está aquí!", pero con la disposición total de seguir caminando tras Sus huellas hacia la alegría eterna de la Pascua que nos espera a todos.
Oración por la Transfiguración
Amado Señor, hoy quiero subir contigo al Monte Tabor para contemplar el resplandor de tu divinidad que vence toda sombra de duda, miedo y ansiedad en mi corazón. Te pido que tu luz infinita transfigure mis debilidades, mis miedos y mis cansancios en una fe inquebrantable que sepa reconocer tu presencia en medio de mis desiertos cotidianos.
No permitas, Señor, que me instale en la comodidad de mis propias tiendas, sino que, fortalecido por tu gloria, baje valiente al valle de la vida para servir con amor y esperanza a mis hermanos, caminando siempre con la mirada fija en tu victoria eterna sobre la muerte.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén
Venezolano, esposo y padre de familia, servidor, ingeniero y misionero de la fe. Comprometido con el anuncio del Evangelio. Creyente sólido de que siempre existen nuevos comienzos. Quien a Dios tiene, nada lo detiene.