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Conoce tu fe / Caminando en la fe

La importancia de cultivar el silencio durante el Adviento

 
 
   
 
 
 

El silencio es vital para vivir nuestra fe durante el Adviento. El Silencio remueve muchas barreras para encontrarnos con Dios

 

En la Navidad, Dios nos habla de una manera mucho más profunda y misteriosa que cualquier otra forma de hablar conocida por el hombre: Él se comunica a nosotros a través de la Palabra hecha carne.

La tarea del Adviento, que estamos iniciando, es prepararnos para escuchar esta Palabra de Dios.

Me gustaría sugerir que una de las formas más importantes para hacer esto es a través de cultivar el silencio. Para los Católicos este consejo puede parecer coronado con la verdad, pero es totalmente contrario a la cultura en que vivimos. Porque esta época del año es en gran medida una época de ruido- campanas sonando, ofertas en el comercio, la cacofonía de los aeropuertos llenos de pasajeros y finalmente las familias reuniéndose alrededor del árbol para cenar.

Y, aun así, el silencio es vital para vivir nuestra fe durante el Adviento. Yo creo que este es el caso porque hay una íntima relación entre escuchar y el silencio en el contexto del Adviento. Una precondición esencial para recibir la Palabra de Dios hecha carne es que de hecho estemos escuchando y buscando al Señor.

El silencio y la escucha.

Este habito de escuchar de manera expectante es bien diferente del tipo de escucha que experimentamos en nuestra vida diaria. En esta última instancia, nuestro escuchar inicia cuando la otra persona comienza a hablar.

En la escucha expectante esta dinámica es lo contrario: la escucha comienza antes que comience la plática. De hecho, es posible que este tipo de escucha ocurra incluso antes de que la otra persona incluso se encuentre presente. Es entonces al mismo tiempo, pasiva y proactiva.

Esta forma de escucha expectante presupone silencio. Normalmente si quieres escuchar a alguien debes guardar silencio. Guardas silencio y tomas turnos para hablar.

Bajo estas circunstancias escuchamos, pero nuestra escucha se encuentra con el hablar, no con el silencio. Con la escucha expectante es diferente. Escuchamos, pero el otro ni siquiera ha comenzado a hablar aún. En este momento, nos encontramos con un profundo silencio.

Este tipo de silencio, por muy angustioso que parezca, es una condición esencial para experimentar la gozosa llegada que uno ha estado esperando- y de eso es que se trata el Adviento. Llegada o Adviento, presupone ausencia.

El silencio como purgatorio.

En la Oscura Noche del Alma, San Juan de la Cruz ve el silencio también como algo que resulta purgatorio.

La idea general es que el alma se desnude de todos sus arraigos terrenales y que purifique sus pasiones y deseos egoístas. Esta mortificación del alma esta tanto simbolizada como alcanzada en la negación de los sentidos.

Así, tanto como la oscuridad de la noche mortifica nuestro sentido de la vista, también lo hace el silencio sobre nuestro sentido del oído. Como lo dice San Juan de la Cruz, al referirse a las bajas actuaciones, pasiones o deseos del alma.

"Y así convenía que las operaciones de éstos con sus movimientos estén dormidos en esta noche, para que no impidan al alma los bienes sobrenaturales de la unión de amor de Dios, porque durante la viveza y operación de éstos no puede ser; porque toda su obra y movimiento natural antes estorba que ayuda a recibir los bienes espirituales de la unión de amor, por cuanto queda corta toda habilidad natural acerca de los bienes sobrenaturales que Dios por sólo infusión suya pone en el alma pasiva y secretamente, en el silencio. Y así es menester que le tengan todas las potencias y se hayan pasivamente para recibirle, no entremetiendo allí su baja obra y vil inclinación". (Libro Segundo, Capitulo XIV.1)

El silencio remueve barreras.

Pero también hay un aspecto positivo del silencio. No solo enmudece esas partes ruidosas de nuestra alma, rogando por nuestra atención. El Silencio remueve barreras para encontrarnos con Dios, así como también sirve cual puente para propiciar este encuentro.

Esto es debido a que es en el silencio donde Dios experimenta de sí mismo en la vida de la Trinidad. La Palabra no ha sido "dicha" en el mismo sentido en el que las palabras son habladas a nosotros.

Hay alguna forma de retraso para nosotros – una serie de pasos que debemos realizar. Nosotros concebimos un pensamiento y luego lo traducimos en algunas palabras que nuestro sistema nervioso y muscular tratan de llevar desde nuestras mentes hasta nuestra boca, para terminar en una secuencia de sonidos audibles.

Sin embargo, no existe ningún retraso para Dios. No hay una secuencia de eventos que se realicen entre Su pensamiento y el pronunciamiento de Su Palabra, como San Agustín nos enseñó. El conocimiento de Dios de Sí mismo es inmediato y completo- análogo al tipo de silencio que corresponde a nuestros pensamientos y las palabras que surgen de nuestras mentes para representarlos. Dicho de otra forma, así como Dios en Su esencia no puede ser visto, tampoco puede ser oído.

Dios nos habla en el silencio del corazón.

Esta es la razón por la cual la Palabra Encarnada nos habla de manera más profunda en Su silencio. Es el silencio de Su Sagrado Corazón, emanando tanto sangre como agua de su costado abierto. Es el "gran silencio" que cae sobre la tierra mientras el Rey duerme durante el Sábado de Gloria. Y es el silencio que continúa llamándonos hoy en la Eucaristía.

A través de Cristo, entonces, el silencio se convierte en una experiencia compartida: estamos en silencio delante de Dios y el responde en silencio. El silencio, cuando está dirigido hacia otra persona, es la cualidad de estar completamente presente en el ser de esa otra persona.

Dios es seguramente esto para Sí mismo- y nos acercamos a El tanto como seamos capaces de movernos en este silencio en nuestras propias vidas. El silencio se convierte entonces en un lugar de encuentro.

Para estar seguros, este silencio debe ser horrendo. Nos consolamos a nosotros mismos al recordarnos la verdad de que ese silencio es el precursor de poder escuchar a Dios hablarnos en Su Palabra.

Y esto es totalmente cierto. Pero la realidad del Silencio de Dios sugiere otra consolación inmediata: la verdad de que Él nos está escuchando, nuestros sufrimientos, nuestras necesidades, nuestros más profundos anhelos.

No son necesarias las palabras para que Dios conozca los deseos silenciosos de nuestros corazones, como lo dice el Salmo 139.

Así el silencio hace posible una comunión más profunda con Dios- un compartir en su quietud en la cual Él nos enseña la sabiduría en el secreto de nuestra alma (Salmo 51,6)

 
 
Adaptación y traducción por Manuel Rivas, del artículo publicado en: Catholic Exchange, autor: Stephen Beale

pildorasdefe manuel rivasManuel Rivas, Salvadoreño, feliz esposo y padre de familia. Testimonio fiel de como Dios puede tocar nuestras vidas. A través de estos medios quiero ayudar a llevar el mensaje de Jesús a todo el que lo necesite y poner mi vida a trabajar para su obra

 
 
 
 
 
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