Categoría: Caminando en la fe

¿Por qué es tan difícil perdonar? Claves esenciales para lograr el perdón como Dios manda

Claves para lograr el perdón: Es difícil perdonar, claro que sí, pero para perdonar tenemos que elevar nuestra alma a un nivel superior ¡Aprender a perdonar hoy!

¿Es difícil perdonar? ¿Cómo lograr el perdón? Una de las pruebas más difíciles que se enfrentan en la vida es cuando entramos en una situación de conflicto y tenemos que tomar la difícil decisión de perdonar a alguien que nos lastimó. ¿Te ha pasado que el rencor se siente en tu pecho como una piedra y no sabes cómo soltar a quien te rompió el corazón? A muchos nos ha ocurrido. En este camino de fe, una de las pruebas más duras no es rezar bonito ni cumplir por fuera: es decidir, de verdad, perdonar cuando la ofensa todavía duele. No es solo un ejercicio de psicología ni un “hay que ser buena persona”. Es un acto de la voluntad que, si es sincero, necesita la gracia de Dios. Descubrir cómo se perdona de verdad es entrar en el corazón mismo del Evangelio. Y cuando uno se deja sanar por Él, se siente una libertad que no se finge: se rompen esas cadenas invisibles que nos atan al ayer y se empieza, aunque sea con paso tembloroso, a caminar hacia la paz interior.

El perdón del Padre misericordioso

Cuando a este joven se le acabó todo el dinero y empezó a pasar necesidad en una tierra donde había sobrevenido un hambre extrema, decidió volver a su padre, pedir perdón y solicitar ser tratado como a uno de sus jornaleros. El padre misericordioso, que nunca dejó de amar a su hijo, lo perdonó en el acto y le devolvió su lugar en la casa, como su hijo.

Pero el hermano mayor, que había permanecido fiel a su padre, se quejó. Estaba celoso de la fiesta que se había organizado en honor de su hermano pródigo.

Al hermano mayor le pareció completamente injusto que su padre honrara a ese hermano descarriado, mientras que a él nunca lo había recompensado por su lealtad y su trabajo. En lugar de alegrarse por la conversión y el regreso de su hermano, el mayor se irritó y se entristeció, y se negó a entrar en el banquete.

El padre le explicó por qué debía alegrarse: porque el hijo que estaba perdido había vuelto. En ese momento, el hermano mayor tuvo que elegir. ¿Haría caso a la súplica de su padre y se uniría a su alegría, o se encerraría en sí mismo y en su tristeza autocompasiva? ¿Iba a aceptar reconciliarse con su hermano, aunque no fuera más que por amor a su padre, o se retiraría amargado y con el corazón endurecido?

Jesús no nos contó cuál fue la reacción del hermano mayor. Tal vez quería que reflexionáramos sobre cuál sería nuestra reacción, ya que es una opción que todos, tarde o temprano, vamos a tener que hacer.

Sea porque tenemos a un alcohólico en la familia, o un ser querido se hace adicto a las drogas, o un cónyuge nos es infiel o un amigo nos traiciona, todos, en algún momento, nos enfrentaremos con la opción de perdonar a quien nos hirió, incluso si esa persona no nos pide perdón.

El único remedio veraz para curar ese tipo de sufrimiento es perdonar a quien nos hirió. Por eso es que Jesús nos regaló el Padrenuestro.

Si nosotros no perdonamos a los demás, cada vez que rezamos el Padrenuestro, ¡estamos pidiendo a Dios que no nos perdone las ofensas que hacemos contra Él! Jesús también nos dio Su propio ejemplo en la Cruz cuando dijo: "Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen".

¿Por qué es tan difícil perdonar y olvidar?

Yo lo llamo "vivir en el recuerdo". Cuando nuestra fe y nuestra esperanza son débiles, podemos vivir inmersos en un recuerdo triste.

Durante años revivimos y reavivamos ese momento de dolor y enojo, hasta que se nos deforma el alma y se nos endurece el corazón.

En ese estado, empezamos a justificar todas nuestras debilidades por esa experiencia dolorosa que recordamos una y otra vez.

A esa altura, es imposible ver las propias faltas con humildad y tratar de cambiar nuestra conducta indeseable para bien. Al final, un día nos percatamos de que estamos atrapados en un ciclo sin fin de frustración, enojo y tristeza.

Esa es una situación peligrosa, ya que, a menos que rompamos ese patrón, todo lo que nos suceda cada día será un recuerdo de ese incidente que nos lastimó tanto.

La tensión va a ir en aumento hasta que la vida entera se va a ver destruida por frustraciones que no existen. Es fácil imaginarse al hermano mayor cargado de amargura contra su hermano descarriado durante mucho tiempo.

Si eligiera rechazar la alegría de la reconciliación y el sacrificio, cosecharía solamente tristeza y tormentos. Se estaría cargando sobre las espaldas ese rencor cada vez que viera a su hermano. Pero sería la opción que él mismo escogió la que le causaría tristeza.

¿Cuál es la solución? ¿Cómo logro perdonar?

Sin duda, perdonar no es hacer de cuenta que no tenemos problemas ni sentimientos, ni que nunca hubo ofensa. No se pueden enterrar los sentimientos ni los recuerdos a costa de una gran fuerza de voluntad. Eso no sirve.

No, la respuesta requiere de un enfoque completamente distinto. Debemos usar esos sentimientos que nos provocan dolor como una oportunidad para imitar al Padre, nuestro Dios compasivo, misericordioso y amante, que hace salir el sol sobre justos e injustos.

Tenemos que empezar a ver lo sucedido como algo que Él permitió que pasara para nuestra santificación, para hacernos santos según nuestra reacción ante ese acontecimiento doloroso.

En lugar de tratar de hacer de cuenta que no nos sentimos heridos, tenemos que elevar nuestra memoria a un nivel superior, reemplazando el recuerdo doloroso por las palabras de Jesús o por algún incidente de Su vida.

La memoria, una de nuestras facultades mentales, es un regalo precioso que nos dio Dios. Pero debe ser usada correctamente. La memoria debe considerarse un depósito tremendo donde podemos guardar todo lo que nos relatan los Evangelios acerca de Jesús y Su vida, llenando el lugar con oración, Escrituras y los Sacramentos.

Cada vez que recordamos una ofensa pasada, debemos reemplazar el recuerdo con palabras de Jesús, trayendo a la memoria los episodios en que Él perdonó, y cómo utilizó cada oportunidad para dar honor y gloria a Su Padre.

Entonces, cuando aparezca un recuerdo inquietante, podemos "cambiar de carril" hacia un pensamiento diferente: uno centrado en Jesús. Esto va a lograr que nuestra memoria se eleve por sobre las cosas de este mundo y empiece a vivir en la Palabra de Dios.

Sin embargo, este proceso de sustituir un mal recuerdo por buenos pensamientos puede utilizarse incorrectamente. Si se realiza en una esfera completamente natural, puede ayudar a cambiar el pensamiento, pero nunca nos va a provocar un cambio de vida que nos acerque a la unión con Dios.

Por ejemplo: un colega nos ofende con un comentario antipático. Uno permanece callado, pero las palabras que dijo nos queman por dentro como el fuego. Hay quienes nos aconsejarán salvar esta situación a través del "pensamiento positivo", o mediante alguna técnica como la formación de una imagen mental de una flor que flota en un lago espejado.

Esto puede cambiar el patrón de pensamiento y calmar los ánimos, pero no nos va a hacer semejantes a Jesús. No, no es esa la manera de proceder.

Jesús es el centro absoluto de nuestro perdón

Para que la sanación no se quede a medias, Jesús tiene que sentarse en el centro. No como un adorno piadoso, sino como dueño de la memoria y de esa imaginación que tanto rumia. Él es el Camino cuando el valle se pone oscuro y uno ya no sabe por dónde seguir.

Cristo es la Verdad que le pone luz a nuestra razón corta, para que empecemos a sospechar que, detrás de tantas tragedias humanas, Dios no se ha ausentado. Y es la vida la que le presta fuerza a una voluntad cansada, esa voluntad que sola no puede derribar el muro del odio.

La vocación cristiana no se conforma con “ser decente” según el barrio o la oficina. Nos llama a algo más alto: a la santidad. A vivir como hijos, no como empleados resentidos de la casa del Padre. A llevar en el alma, por gracia, algo de la vida misma de Dios.

Solo injertados en la Cruz ocurre ese cambio que no se finge: pasar de una vida agria, marchita por la amargura, a una vida con sabor a esperanza. No una alegría de cartel, sino esa alegría quieta de quien se sabe perdonado y, por eso, puede perdonar. Para el que ama a Dios de veras, hasta el golpe más cruel puede convertirse, misteriosamente, en un escalón hacia casa.

El perdón es la puerta al cielo

Elegir la misericordia no es de débiles. Es de gente valiente, de gente que se deja trabajar por dentro. Cuando soltamos el resentimiento, le damos permiso al Espíritu Santo para tocar las llagas que nadie más ve. San Pablo nos lo pide con palabras que parecen dichas para esta misma tarde: «Sed buenos y compasivos unos con otros, y perdonaos mutuamente como Dios os ha perdonado en Cristo» (Efesios 4,32).

Oración poderosa para pedir la gracia del perdón

Señor Jesucristo, vengo a Ti con el corazón cansado. Traigo rencor, traigo recuerdos que no se callan y una herida que yo solo no sé curar. Reconozco que soy frágil y que, con mis fuerzas, no alcanzo a perdonar como Tú perdonas.

Ahora, Señor mío, te pido que derrames tu Espíritu Santo sobre lo que todavía me duele. Transforma mi amargura en misericordia de verdad, no en una sonrisa fingida.

Enséñame, amado Señor, a mirar a quienes me lastimaron con algo de tu mirada, recordando que también por ellos, y por mí, derramaste tu sangre. Arranca de raíz las ganas de devolver el golpe. Dame la libertad de los hijos de Dios. Quiero vivir en tu paz.

Amén.

Transforma tu vida a través de la gracia del perdón

No dejes que el peso del pasado siga dictando el rumbo de tu eternidad. Atrévete a soltar esas cadenas y permite que la misericordia de Jesús renueve tu corazón.

Sumérgete en el sacramento de la reconciliación esta misma semana y experimenta cómo el abrazo amoroso del Padre celestial restaura tu paz interior. ¡El perdón es el milagro que tu alma necesita para volar!

Caminar sin rencor es uno de los regalos más hermosos que podemos ofrecer al Señor… y también a nosotros mismos. Cada herida que se perdona deja de ser una piedra en el zapato y se vuelve, poco a poco, una luz pequeña en el camino. No hace falta tenerlo todo resuelto para empezar. Basta un paso honesto. ¿Te animas hoy a darlo?

❓ FAQ: Preguntas frecuentes sobre cómo lograr el perdón sincero

Porque el corazón herido no suelta fácil. Cuando alguien nos hace un daño grande, el ego se queda agarrado al recuerdo, como si soltarlo fuera dejar impune lo que nos lastimó. Queremos que se haga justicia a nuestro modo, y a veces hasta soñamos con que el otro “pague”. Esa herida nubla la cabeza y endurece el pecho. El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda algo que conviene no olvidar: el perdón da testimonio de que el amor es más fuerte que el pecado. Si nos negamos a soltar la amargura, no estamos castigando al otro tanto como nos estamos encerrando a nosotros mismos. Quedamos presos del pasado y le cerramos la puerta a esa gracia que Dios quiere derramar, y no con cuentagotas, sino con abundancia.

No, y es importante decirlo con claridad. Perdonar de verdad no es borrar la memoria ni fingir que no dolió. No es una amnesia ni un “como si nada hubiera pasado”. Perdonar es poder recordar lo ocurrido sin que ese recuerdo te siga gobernando el día, el humor o las decisiones. San Juan Pablo II lo dejó muy claro: el perdón no anula las exigencias objetivas de la justicia; busca la sanación interior. Se trata de alzar esa memoria hacia Cristo, de ponerla a los pies de la Cruz, para que su sangre redentora vaya limpiando poco a poco lo que todavía arde por dentro y le devuelva paz a la mente.

Perdona igual. Aunque duela. Aunque el otro nunca reconozca lo que hizo ni se acerque a pedir reconciliación. Si esperas la disculpa para poder perdonar, le estás entregando a quien te hirió la llave de tu paz. Jesucristo nos dejó el ejemplo más alto en la Cruz, cuando dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23,34). Él no esperó que aquellos que lo clavaban bajaran la cabeza. Al perdonar de manera unilateral, no estás diciendo que lo que te hicieron estuvo bien. Estás soltando las cadenas del rencor para que tu alma respire, y le dejas a Dios el espacio para obrar donde tú ya no puedes.

La fuerza para perdonar de verdad no nace solo del “yo puedo, yo debo, yo aguanto”. Sale de la gracia. Cuando sientas que no puedes, no te quedes solo con tu esfuerzo: acude a la Eucaristía y al sacramento de la Reconciliación. Pídele al Espíritu Santo, con palabras sencillas, que ame y perdone a través de ti. Dile: “Señor, yo no llego; hazlo Tú en mí”. Esa gracia va transformando la debilidad. Poco a poco te da una fuerza que no es tuya para mirar al que te lastimó con algo de aquella misericordia con la que Dios te mira a ti cada mañana.

Adaptación y contenido agregado: Andrea Pérez, Con información extraida de: EWTN Televisión

pildorasdefe andrea perez de quero firmaVenezolana viviendo en Ecuador, hija de Dios, mujer de fe, madre y esposa. De profesión ingeniera y de corazón misionera. Trabajando día a día en mi crecimiento espiritual y buscando la coherencia, tomando como guía la frase de San Pablo: Cambia tu manera de pensar y cambiará tu manera de vivir (Romanos 12,2)

Comentarios

¿Quieres dejar comentarios o también intenciones en nuestra portada principal?

Regístrate ahora

Sé el primero en comentar.

Recursos de Utilidad