Categoría: Aprende sobre tu fe

¿Por qué Septiembre es el Mes Dedicado a la Santa Biblia?

Septiembre es el mes de la Santa Biblia: La Iglesia invita a reavivar el compromiso con la Palabra de Dios, meditar la Escritura y acercarse a Cristo cada día

Hay meses que se van sin que uno mire el calendario. Septiembre pide otra cosa. En la Iglesia Católica, este tiempo tiene nombre concreto: es el mes de la Santa Biblia. No es un lema para colgar en la parroquia y olvidarlo. Es una invitación a sentarse con el libro donde el Padre Celestial habla con sus hijos. Muchos tenemos una Biblia en casa y casi no la abrimos. Otros leen un versículo a prisa y siguen de largo. San Jerónimo, recordado el 30 de septiembre, lo dijo sin adornos: desconocer la Escritura es desconocer a Cristo. Este mes no pide un gesto aislado. Pide un hábito: que la Palabra deje de ser adorno y vuelva a ser alimento y conversación de cada día.

La primera exhortación apostólica del Papa Francisco, Evangelii Gaudium, insiste en volver al Evangelio con alegría, no con cara de trámite. Ese acento viene bien ahora. Si la Nueva Evangelización no nace de la Escritura leída en la Iglesia, se queda en eslóganes. En un mundo que cambia de prisa, la semilla que hay que sembrar sigue siendo la misma: la Palabra que salva. No para ganar una discusión. Para que Jesús sea entendible, cercano y verdadero en la vida de quien se levanta temprano, cuida una familia o carga una duda que no cuenta a nadie.

Por qué la Iglesia lee la Biblia en septiembre

Para los católicos, septiembre se asocia a la Biblia porque el 30 se celebra a San Jerónimo. El hombre no coleccionó frases piadosas. Se pasó la vida estudiando, discutiendo manuscritos y traduciendo, a veces con genio difícil y fe tozuda. Murió en Belén el 30 de septiembre del año 420. Nació en Dalmacia, hacia el 340. Entre esas dos fechas hay polvo de camino, desierto, Roma y una mesa llena de rollos.

San Jerónimo tradujo la Biblia del hebreo y del griego al latín. Esa versión se llamó Vulgata, de vulgata editio, edición para el pueblo. Hasta la Neovulgata de 1979 fue el texto latino de referencia en la Iglesia de Occidente. El Concilio de Trento la confirmó como edición auténtica. No por nostalgia. Porque la fe necesita un texto recibido, no un recorte privado.

En este mes la Iglesia vuelve a pedir lo de siempre: reavivar el compromiso con la Palabra de Dios. No basta tenerla en la mesita. Hay que oírla. En comunidad, en familia o a solas, con la misma humildad con la que se entra a misa. La Escritura no es patrimonio de especialistas. Es mesa puesta para el pueblo. Por eso las parroquias, grupos y casas están invitadas a programar algo concreto: un círculo bíblico, una Lectio, diez minutos después de cenar. Poco, pero de verdad.

La Palabra se vuelve alimento cuando deja de ser cita suelta. Las parábolas, las alianzas, los salmos y la Pasión no están ahí para decorar un discurso. Cuentan la obra de salvación de Jesucristo. Quien las recorre con fe empieza a entender por qué la Iglesia venera la Escritura como venera el Cuerpo del Señor: porque en ambas se nos da el mismo Cristo.

¿Qué dijo el Papa Francisco sobre la Biblia?

El Papa Francisco habló muchas veces de la Santa Biblia con palabras de pastor, no de conferencia. Una de esas intervenciones resume el tono de este mes:

"Nosotros los cristianos tenemos que tener un único objetivo en nuestra vida de fe y es poner la Biblia en el centro de nuestra vida cristiana, para que ella sea una brújula, pero también para que ella sea como la primavera de nuestra vida espiritual, para que ella sea la que nos indique el camino a seguir, pero sobre todo porque, como decía San Jerónimo, quien desconoce la escritura desconoce la persona de Jesús".

En 2020, al cumplirse mil seiscientos años de la muerte de San Jerónimo, firmó la carta Scripturae Sacrae Affectus. Ahí no pide una moda bíblica. Pide afecto. Amar lo que Jerónimo amó. Hacer del corazón una biblioteca de Cristo, no un cajón de frases para redes. Si la Biblia no cambia el modo de perdonar, de hablar y de rezar, todavía no ha bajado de la estantería.

Qué enseña el Catecismo sobre la Sagrada Escritura

El Catecismo no anduvo con rodeos. La Biblia es alimento de la vida espiritual, y todos los cristianos deben tener fácil acceso a la Sagrada Escritura (n. 131). Es alma de la teología, de la predicación y de la catequesis (n. 132). Sin esa savia, el discurso religioso se seca.

La Iglesia recomienda la lectura asidua, es decir, frecuente, casi cotidiana. Desconocerla es desconocer a Jesús. Quienes la recorren con fe van adquiriendo la mente de Cristo (n. 133; Comp. 24). No se trata de volverse un experto de memoria. Se trata de dejar que otra voz ordene la propia.

En los sagrados libros, el Padre que está en los cielos sale al encuentro de sus hijos y habla con ellos (n. 104). Esa frase debería quitarnos la idea de que leer la Biblia es un ejercicio intelectual reservado a unos pocos. Es diálogo. A veces el texto consuela. A veces incomoda. Las dos cosas caben en una misma página.

La Constitución Dei Verbum lo dice con una fuerza que todavía sirve: es tan grande el poder de la Palabra de Dios, que constituye sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente limpia y constante de vida espiritual. Septiembre solo nos recuerda lo que ya era verdad en enero.

San Juan Pablo II y la Santa Biblia

Nuestro querido San Juan Pablo II dejó también una orientación clara para este mes:

"Los católicos durante el mes de septiembre debemos dedicarlo a impulsar el conocimiento y divulgación de los textos bíblicos con mayor énfasis, ya que quien se llame cristiano tendría que conocer la historia de la salvación y la Palabra de Dios, interpretadas auténtica y fielmente por el Magisterio de la Iglesia."

Esa última cláusula evita un malentendido habitual. La Biblia no se lee contra la Iglesia ni al margen de ella. Nació en el pueblo de Dios y se entiende en comunión. Quien abre el texto con el Catecismo, la liturgia y la enseñanza de los pastores camina con menos ocurrencias y más verdad. El cristiano no improvisa la historia de la salvación. La recibe.

4 datos curiosos sobre la Santa Biblia

1. La Vulgata nació de un encargo papal

San Jerónimo no tradujo desde un escritorio cómodo. Pasó años en Belén, confrontando manuscritos hebreos y griegos, corrigiendo versiones latinas que ya circulaban con errores. El papa Dámaso I le pidió un texto fiable para la Iglesia de Occidente. Así nació la Vulgata, edición para el pueblo. Esa paciencia de lingüista y de monje cambió la forma en que Europa escuchó la Palabra durante más de mil años.

2. Trento confirmó un texto, no una moda

El Concilio de Trento, en 1546, declaró la Vulgata como edición auténtica para la liturgia y la enseñanza en la Iglesia latina. No fue un capricho arqueológico. Buscaba unidad doctrinal en un tiempo de controversias. En 1979 se promulgó la Neovulgata, revisión oficial en latín. El dato importa porque muestra algo sencillo: la Iglesia no improvisó con la Biblia. La custodia, la estudia y la entrega.

3. Jerónimo hablaba de una biblioteca divina

San Jerónimo llamaba a la Escritura biblioteca divina. No era frase de adorno. Veía en ella muchos libros y una sola voz: la de Cristo. Por eso insistía en leer el Antiguo Testamento y no solo los Evangelios. El Papa Francisco, en la carta Scripturae Sacrae Affectus, invitó a amar lo que Jerónimo amó y a hacer del corazón una biblioteca de Cristo, no un depósito de frases sueltas.

4. El mes busca llegar hasta la familia

En América Latina, conferencias episcopales y comunidades paulinas impulsaron septiembre como mes bíblico para que la Escritura llegara a las familias. No basta el misal del domingo. El Concilio Vaticano II pidió que los fieles tengan fácil acceso a la Sagrada Escritura. Cuando una casa abre la Biblia en voz alta, aunque sea diez minutos, esa mesa se parece un poco a la de Emaús: Cristo se acerca mientras se lee.

Métodos para leer la Biblia con fruto

No hay un único camino. Hay modos que la tradición ya probó. Los dejamos aquí sin pretender un manual cerrado. Sirven en comunidad, en familia o a solas, si uno se quita el teléfono de en medio y pide luz antes de empezar.

1. Lectio Divina

Es una lectura orante que viene de lejos. Se suele asociar al monje Orígenes y a la vida monástica posterior. Se puede hacer en grupo, en casa o en silencio personal. No busca “sacar una idea”. Busca encontrarse con Dios que habla.

Quien se anima con este camino no necesita ser teólogo. Basta un texto breve, un rato quieto y ganas de dejarse interpelar. Los monjes antiguos lo practicaron porque entendieron que la Escritura se reza. Jesús, en el desierto, respondió con palabras de la Escritura. Así se ve que la Lectio no es moda: es modo cristiano de escuchar a Dios.

2. Lectura del texto bíblico

Primero se lee el pasaje tal como está. Luego se relee. Se buscan palabras difíciles y se intenta reconstruir la escena sin inventar lo que el texto no dice. Letra a letra, con paciencia de aprendiz.

Antes de sacar conclusiones, conviene leer el pasaje dos veces. La primera para enterarse. La segunda para notar nombres, verbos y detalles que se escapan. Si una palabra no se entiende, se busca con humildad. No hay prisa. El texto no es un acertijo para genios. Es una historia de salvación que pide ojos atentos y un corazón dispuesto.

3. Meditación

Aquí se mira el mensaje de salvación que el texto ofrece y la enseñanza que deja para la vida de hoy. No se trata de adivinar secretos. Se trata de preguntar qué está diciendo Dios en estas líneas.

La meditación no consiste en divagar. Pregunta qué dice el texto de Dios y qué dice de tu vida concreta. Un milagro, una parábola o un reproche profético siempre dejan una enseñanza. San Agustín recordaba que la Escritura crece con quien la lee con fe. Por eso este paso pide honestidad: ¿dónde me resiste esta Palabra y dónde me consuela?

4. Oración

La oración es la respuesta después de haber escuchado. Puede ser acción de gracias, pedido de misericordia u ofrecimiento de la propia vida, siempre en sintonía con lo leído. Dios habla. El creyente contesta.

Después de escuchar, toca responder. No con un discurso largo. Con lo que hay: agradecimiento, pedido, perdón o una queja sincera puesta delante de Dios. Así la lectura no se queda en la cabeza. Se vuelve relación. Como enseña Dei Verbum, en estos libros el Padre habla con sus hijos. La oración es la parte nuestra de esa conversación.

5. Contemplación

Este paso interioriza el mensaje. Ya no se trata solo de entender. Se trata de preguntar qué quiere Dios de mí con esta Palabra y a qué me voy a comprometer. Sin ese paso, la lectura se evapora.

La contemplación no es evadirse. Es dejar que la Palabra repose hasta que se convierta en propósito. A veces el fruto es una corrección pequeña: hablar menos, perdonar, volver a misa, cuidar a alguien. Otras veces es una paz que no se explica. Lo decisivo es no salir igual. La Palabra busca carne, no solo ideas piadosas.

Si la Lectio se hace en casa, conviene quitar distracciones. Un crucifijo, una vela, un acto de contrición y la invocación al Espíritu Santo bastan para marcar el umbral. No hace falta montar un escenario. Hace falta respeto.

Recomendaciones para leer la Biblia

  • Orar al Espíritu Santo para recibir su luz y entendimiento.
  • Leer la Biblia con humildad, no pretendiendo tenerlo ya todo entendido.
  • Interpretar según la Iglesia. La humildad exige que se pregunte y estudie.
  • Leer la Biblia con frecuencia para beber más de la fuente.
  • Leer con el fin de amar y obedecer más a Dios y amar más al prójimo
  • No buscar en la Biblia ciencia natural, sino un mensaje espiritual.

Pregunta en tu parroquia qué actividades se desarrollarán durante este mes e intégrate a las celebraciones, retiros espirituales, sesiones de estudio, etc. que te ofrezcan; no desperdicies nada de la riqueza que puedes llegar a poseer en el estudio de la Biblia en el seno de la Iglesia que la escribió.

Jesús lo dejó dicho cuando el tentador le habló de pan y de atajos: «Está escrito: “El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”» (Mt 4,4). Septiembre es una buena fecha para creerlo en serio. No como frase de estampa. Como dieta del alma.

Cuando la Palabra deja de ser adorno

Uno puede saber versículos de memoria y seguir con el corazón seco. La Escritura no se guarda como trofeo. Se lee, se reza y se lleva a las decisiones de la semana. Si este mes eliges un rato diario, no esperes siempre un consuelo inmediato.

A veces la Palabra consuela. Otras veces corrige. Las dos cosas son gracia. Lo serio es no dejar a Dios hablando solo. La Carta a los Hebreos lo dice claro: la Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de doble filo.

Oración para abrir la Santa Biblia

Señor, Padre bueno, en este mes de la Santa Biblia me acerco con las manos vacías. No vengo a presumir de lo que sé. Vengo porque camino con prisa y se me olvida escucharte. Envía tu Espíritu Santo para que estas páginas no me resulten lejanas. Dame humildad para leer como hijo, no como juez. Enséñame a reconocer a Jesús en la Ley, en los Profetas y en el Evangelio. Que tu Palabra enderece lo torcido, consuele lo cansado y me empuje a amar mejor a los míos. Quiero que la Biblia deje de ser un libro guardado. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

No dejes la Biblia guardada este mes

Este septiembre no dejes la Biblia cerrada en el estante. Ábrela un rato cada día y permite que Dios te hable en tu casa.

Pregunta en tu parroquia qué actividades se ofrecen durante este mes y únete sin miedo. La Palabra da más fruto cuando se escucha junto a otros.

Si llegaste hasta aquí, no dejes que septiembre se te vaya igual que el mes pasado. Toma la Biblia esta noche, aunque sea un salmo corto. Pide luz, lee despacio y quédate un momento en silencio. Dios no compite con el ruido: espera. ¿Vas a reservar de verdad un rato diario para que la Palabra entre en tu casa este mes?

❓ FAQ: Preguntas Frecuentes sobre el mes de la Santa Biblia

Se celebra en septiembre porque el día 30 la Iglesia recuerda a San Jerónimo, Doctor de la Iglesia y traductor de la Biblia al latín. Su obra, la Vulgata, acercó la Escritura al pueblo durante siglos. El mes entero se vuelve una escuela de lectura creyente. Como enseña el Catecismo, desconocer la Escritura es desconocer a Cristo. Por eso la Iglesia invita a abrirla en familia, en parroquia y en el silencio de cada casa.

No. La Iglesia pide lectura asidua durante todo el año. Septiembre solo concentra la atención para que el hábito no se apague. Jesús mismo respondió al tentador: el hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Si en estos treinta días se recupera un rato diario de Escritura, ese ritmo puede sostener el resto del año con más verdad y menos prisa.

La Lectio Divina es la lectura orante de la Biblia. Se lee el texto con calma, se medita lo que dice, se responde en oración y se deja que esa Palabra repose en el corazón. No es un método frío de estudio. Es un diálogo. San Jerónimo vivió así las Escrituras. Quien la practica con humildad empieza a reconocer la voz de Cristo y a ordenar sus decisiones a la luz de lo escuchado.

El Catecismo enseña que la Biblia es alimento de la vida espiritual y alma de la teología, la predicación y la catequesis. Los fieles deben tener fácil acceso a ella. En los sagrados libros, el Padre sale al encuentro de sus hijos y habla con ellos. Por eso no basta admirarla desde lejos. Hay que leerla dentro de la Iglesia, con fe, y dejar que forme la mente de Cristo en nosotros.

Adaptación y contenido agregado: Qriswell Quero, Con información extraida de: Corazones.org

pildorasdefe qriswell quero firma autorVenezolano, esposo y padre de familia, servidor, ingeniero y misionero de la fe. Comprometido con el anuncio del Evangelio. Creyente sólido de que siempre existen nuevos comienzos. Quien a Dios tiene, nada lo detiene.

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