Reflexiones / Reflexiones

La historia de amor que me llevó de vuelta a la Casa de Dios

 
 
   
 
 
 

Recuerdo cómo aquel joven simplemente me escuchaba, cómo me sostenía cuando lloraba, cómo jamás me condenó y me llevó a casa con Jesús

 

Fue un joven quien me llevó de vuelta a casa, sin bombos ni platillos y sin argumento; simplemente vivía su fe... Y me amaba.

Pienso en aquel joven cada vez que medito ante un crucifijo.

Yo veo a Jesús colgando ahí, estéril y prácticamente limpio, y trato de imaginar cómo debe haber sido en realidad.

Recuerdo cómo en aquella oportunidad, aquel joven simplemente me escuchaba, cómo me sostenía cuando lloraba, cómo jamás me condenó.

¡Jesús realmente debe amarme!

Cuando Jesús estaba agonizando en el huerto, le rogó a su Padre que alejara ese cáliz, pero "que no se haga Mi voluntad, sino la Tuya". Aunque Él no deseaba experimentar el sufrimiento, la tortura, la carga, estaba dispuesto a hacerlo. Cuando sintió los latigazos en Su espalda, no se resistió, no llamó a nadie, no trató de escapar.

¿Por qué pienso (en mi orgullo), que cualquier cosa que yo haga sacudirá a Dios, el Padre que me amó lo suficiente como para dejar que Su Hijo colgara en la cruz y tuviera una muerte tortuosa? ¿Por qué dudo en correr hacia sus brazos, esos brazos abiertos de par en par, que solo esperan abrazarme? ¿Qué me mantiene alejada?

¡Es fácil que la historia de la Pasión se vuelva anticuada!

Es fácil que la historia de mi salvación se vuelva otro relato de memoria que le cuento a mis hijos. Es fácil olvidar aquella sensación cruda que sentía hace tantos años cuando trastabillaba hacia casa, ciega para todo excepto para el dolor.

Una historia de amor

Estamos rodeados de historias de amor y cuentos de hadas, tanto en la televisión como en los libros, pero casi siempre, ignoramos la historia de amor que debería inspirarnos en nuestra vida cotidiana, aquella que antecedió a la primera Semana Santa.

Aquella historia de amor es extenuante. Contiene sangre y lágrimas, una madre llorando y un clima extraño, milagros y excesos. ¿Cómo debe haber sido estar allí? ¿Cómo podemos renovarla de manera tal que podamos, una vez más, apreciarla como el regalo que es?

Aquella alegría de Pascua que comenzamos a celebrar el domingo pasado, Cristo Resucitado que es un milagro ¡no se acabó!

No olvidemos que el camino hacia la felicidad implica dificultades y sufrimiento, y que tenemos la mejor compañía en nuestras travesías.

Este año se cumple mi 15º aniversario de celebrar Pascua como católica. Aquel joven, el que me guió de vuelta Casa, estará a mi lado en el banco de la iglesia, probablemente sosteniendo a uno de nuestros hijos.

Sonreiré al ver el crucifijo en la mañana de Pascua, ya que me recordará, una vez más, cuánto me debe amar Jesús.             

 
Mariana Pagano, PildorasdeFe.net | Traducido y adaptado de: Integrated Catholic Life, autor: Sarah Reinhard
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