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Papa Francisco: Para convertirnos no debemos esperar eventos prodigiosos

Papa Francisco: no debemos esperar eventos prodigiosos para convertirnos, sino abrir el corazón a la Palabra de Dios y amar al prójimo

La conversión del corazón es lo que muchos buscamos cuando nos encaminamos por el trecho camino de seguir a Jesucristo. Toda nuestra vida de fe es un camino de conversión que debe llevarnos a nuestra propia superación personal y espiritual.

Para convertirnos es necesario el esfuerzo diario, practicar las obras de piedad y misericordia constantemente y no descuidar jamás nuestra vida de oración, que debe ser diaria. Para convertirnos debemos tener disciplina sobre nosotros mismos y sobre todo dejar que Dios actúe con su misericordia en nuestro corazón sin esperar eventos prodigiosos como lo ha expresado el Papa Francisco.

El Papa Francisco ha expresado que hacer caso omiso de los pobres es despreciar a Dios y que la misericordia del Señor para nosotros está estrechamente conectada a la nuestra misericordia a los demás.

Realizando su reflexión en la mañana del miércoles en la Audiencia General semanal en la plaza de San Pedro el Santo Padre censuró la desigualdad y las contradicciones en el mundo al reflexionar sobre la parábola del hombre rico y Lázaro. A continuación su reflexión

Pobreza vs. Lujo.

Deseo detenerme con ustedes hoy en la parábola del hombre rico y del pobre Lázaro. La vida de estas dos personas parece recorrer caminos paralelos: las condiciones de vida son opuestas y del todo incomunicadas.

La puerta de la casa del rico está siempre cerrada al pobre, que reposa allí afuera, buscando comer cualquier residuo de la mesa del rico.

Él usa vestidos de lujo, mientras que Lázaro está cubierto de llagas; el rico cada día come generosamente, mientras que Lázaro muere de hambre. Sólo los perros cuidan de él, y lamen sus llagas.

Esta escena recuerda el duro reclamo del Hijo del hombre en el juicio final:

"Porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber; estaba […] desnudo, y no me vistieron" (Mateo 25,42-43).

Lázaro representa bien el grito silencioso de los pobres de todos los tiempos y la contradicción de un mundo en el cual las inmensas riquezas y recursos están en las manos de pocos.

Ignorar al pobre es despreciar a Dios.

Jesús dice que un día aquel hombre rico murió - los pobres y los ricos mueren, tienen el mismo destino, todos nosotros, no hay excepciones a esto - y entonces se dirigió a Abraham suplicándole con el apelativo de "padre" (v. 24.27).

Reclama, por lo tanto, de ser su hijo perteneciente al pueblo de Dios. Y sin embargo en vida no ha mostrado alguna consideración hacia Dios, más bien ha hecho de sí mismo el centro de todo, cerrado en su mundo de lujo y de desperdicio.

Excluyendo a Lázaro, no ha tenido en cuenta ni al Señor, ni a su ley. Ignorar al pobre es despreciar a Dios. Y esto debemos aprenderlo bien: Ignorar al pobre es despreciar a Dios.

Hay un particular en la parábola que cabe señalar: el rico no tiene un nombre, sólo el adjetivo "el rico", mientras que aquel del pobre es repetido cinco veces, y "Lázaro" significa "Dios ayuda".

Lázaro, que reposa delante a la puerta, es una llamada viviente al rico para recordarse de Dios, pero el rico no acoge tal llamado. Será condenado por lo tanto no por sus riquezas, sino por haber sido incapaz de sentir compasión por Lázaro y socorrerlo.

La recompensa y la condena.

En la segunda parte de la parábola, reencontramos a Lázaro y el rico después de su muerte (v. 22-31). En el más allá la situación se ha invertido: el pobre Lázaro es llevado por los ángeles al cielo con Abraham, el rico en cambio cae entre los tormentos.

Entonces el rico levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro a su lado. Le parece ver a Lázaro por primera vez, pero sus palabras lo traicionan:

"Padre Abraham ten piedad de mí y manda a Lázaro, lo conocía eh, manda a Lázaro a meter en el agua la punta del dedo y a mojarme la lengua, porque sufro terriblemente en esta llama".

Ahora el rico reconoce Lázaro y le pide ayuda, mientras que en vida fingía no verlo. Cuántas veces, cuántas veces, tanta gente finge no ver a los pobres, para ellos los pobres no existen ¡Antes le negaba los residuos de su mesa, y ahora querría que le llevara de beber!

El rico cree todavía poder poseer derechos por su precedente condición social. Declarando imposible cumplir su solicitud.

Las claves de la salvación.

Abraham en persona ofrece las claves de toda la narración: él explica que los bienes y males han sido distribuidos de modo de compensar la injusticia terrena, y la puerta que separaba en vida al rico del pobre, se ha transformado en un gran abismo.

Hasta que Lázaro estaba bajo su casa, para el rico había posibilidad de salvación, abrir la puerta, ayudar a Lázaro, pero ahora que ambos están muertos, la situación se ha transformado en irreparable.

Dios no es nunca llamado directamente en causa, pero la parábola pone claramente en guardia: la misericordia de Dios hacia nosotros está vinculada a nuestra misericordia hacia el prójimo; cuando falta esta, también aquella no encuentra espacio en nuestro corazón cerrado, no puede entrar.

Si yo no abro la puerta de mi corazón al pobre, aquella puerta permanece cerrada, también para Dios, y esto es terrible.

¿Qué debemos hacer para convertirnos?

A este punto, el rico piensa en sus hermanos, que corren el riesgo de tener el mismo fin, y pide que Lázaro pueda volver al mundo a advertirles. Pero Abraham responde:

"Tienen a Moisés y a los profetas, que escuchen a ello".

Para convertirnos, no debemos esperar eventos prodigiosos, sino abrir el corazón a la Palabra de Dios, que nos llama a amar a Dios y al prójimo.

La Palabra de Dios puede hacer revivir un corazón árido y curarlo de su sequedad. El rico conocía la Palabra de Dios, pero no la ha dejado entrar en el corazón, no la ha escuchado, por eso ha sido incapaz de abrir los ojos y de tener compasión del pobre.

Ningún mensajero y ningún mensaje podrán sustituir los pobres que encontramos en el camino, porque en ellos nos viene al encuentro Jesús mismo:

"Todo aquello que hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo" (Mt 25,40)

Así en la inversión de las suertes que la parábola describe está escondido el misterio de nuestra salvación, en que Cristo une la pobreza a la misericordia.

Queridos hermanos y hermanas, escuchando este Evangelio, todos nosotros, junto a los pobres de la tierra, podemos cantar con María:

"Derribó a los poderosos de su trono, elevó a los humildes; colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías" (Lc 1,52-53)

Papa Francisco. Audiencia General, 18 de mayo de 2016

Adaptación y contenido agregado: Qriswell Quero, Con información extraida de: Vatican News

pildorasdefe qriswell quero firma autorVenezolano, esposo y padre de familia, servidor, ingeniero y misionero de la fe. Comprometido con el anuncio del Evangelio. Creyente sólido de que siempre existen nuevos comienzos. Quien a Dios tiene, nada lo detiene.

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