Celebra el santo del día: Siete Santos Fundadores de los Siervos de María (17 febrero): Se retiraron al Monte Senario para servir a la Virgen. ¡Invócalos hoy!
Santo del Día: Siete Santos Fundadores de los Siervos de María
El santo del día Siete Santos Fundadores (17 de febrero) son siete comerciantes florentinos que, en el siglo XIII, dejaron todo para dedicarse a la Virgen María. Sus nombres: Alejo Falconieri, Amadeo de Amidei, Hugo de Lippi, Benito dell?Antella, Bartolomé degli Scaletti, Gerardino Sostegni y Juan Buonagiunta Monaldo. Retirados al Monte Senario, fundaron la Orden de los Siervos de María bajo la Regla de San Agustín, viviendo en oración, penitencia y servicio mariano. Canonizados por León XIII en 1888, son patronos de la devoción profunda a la Madre de Dios y modelo de entrega total a Cristo.
Fiesta: 17 de febrero
Martirologio romano: Los siete santos fundadores de la Orden de los Siervos de María: Bonfilio, Bartolomé, Juan, Benito, Gerardino, Ricovero y Alejo. Siendo mercaderes en Florencia, se retiraron de común acuerdo al monte Senario para servir a la Santísima Virgen María, fundando una Orden bajo la Regla de san Agustín. Son conmemorados en este día, en el que falleció, ya centenario, el último de ellos, Alejo.
Siete Santos fundadores de la Orden de los Siervos de María
Los Siete Santos Fundadores pertenecían a una asociación de devotos de la Virgen María, que había en Florencia, y poco a poco fueron convenciéndose de que debían abandonar lo mundano y dedicarse a la vida de santidad.
Todos ellos vendieron sus bienes. Los Siete Santos Fundadores repartieron el dinero a los pobres y se fueron al Monte Senario a rezar y a hacer penitencia.
Siervos de María
La idea de irse a la montaña a santificarse, les llegó el 15 de agosto, fiesta de la Asunción de la Santísima. Virgen, y la pusieron en práctica el 8 de septiembre, día del nacimiento de Nuestra Señora.
Los Siete Santos Fundadores se habían propuesto propagar la devoción a la Madre de Dios y confiarle a Ella todos sus planes y sus angustias.
A tan buena Madre le encomendaron que les ayudara a convertirse de sus miserias espirituales y que bendijera misericordiosamente sus buenos propósitos. Y así entonces, los Siete Santos Fundadores dispusieron llamarse "Siervos de María" o "Servitas".
Los siete santos fundadores y su obediencia a la Iglesia
En el monte Senario, los Siete Santos Fundadores se dedicaban a hacer muchas penitencias y mucha oración, pero un día recibieron la visita del Sr. Cardenal delegado del sumo pontífice, el cual les recomendó que no se debilitaran demasiado con penitencias excesivas, y que más bien se dedicaran a estudiar y se hicieran ordenar sacerdotes y se pusieran a predicar y a propagar el evangelio.
Así lo hicieron los Siete Santos Fundadores, y todos se ordenaron de sacerdotes, menos Alejo, el menor de ellos, que por humildad quiso permanecer siempre como simple hermano, y fue el último de todos en morir.
Un Viernes Santo, los Siete Santos Fundadores recibieron de la Santísima Virgen María la inspiración de adoptar como Reglamento de su Asociación la Regla escrita por San Agustín, que por ser muy llena de bondad y de comprensión, servía para que se pudieran adaptar a ella los nuevos aspirantes que quisieran entrar en su comunidad.
Así lo hicieron, y pronto esta asociación religiosa se extendió de tal manera que llegó a tener cien conventos, y sus religiosos iban por ciudades y pueblos y campos evangelizando y enseñando a muchos con su palabra y su buen ejemplo, el camino de la santidad.
La devoción a María
La especialidad de los Siete Santos Fundadores era una gran devoción a la Santísima Virgen, la cual les conseguía maravillosos favores de Dios. El más anciano de ellos fue nombrado superior, y gobernó la comunidad por 16 años. Después renunció por su ancianidad y pasó sus últimos años dedicado a la oración y a la penitencia.
Una mañana, mientras rezaba los salmos, acompañado de su secretario que era San Felipe Benicio, el santo anciano recostó su cabeza sobre el corazón del discípulo y quedó muerto plácidamente.
Lo reemplazó como superior otro de los Fundadores, Juan, el cual murió pocos años después, un viernes, mientras predicaba a sus discípulos acerca de la Pasión del Señor. Estaba leyendo aquellas palabras de San Lucas: "Y Jesús, lanzando un fuerte grito, dijo: ¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!" (Lucas 23,46).
El Padre Juan, al decir estas palabras, cerró el evangelio, inclinó su cabeza y quedó muerto muy santamente.
Lo reemplazó el tercero en edad, el cual, después de gobernar con mucho entusiasmo a la comunidad y de hacerla extender por diversas regiones, murió con fama de santo.
El cuarto de los Siete Santos Fundadores, que era Bartolomé, llevó una vida de tan angelical pureza que al morir se sintió todo el convento lleno de un agradabilísimo perfume, y varios religiosos vieron que de la habitación del difunto salía una luz brillante y subía al cielo.
De los fundadores, Hugo y Gerardino, mantuvieron toda la vida entre sí una grande y santísima amistad. Juntos se prepararon para el sacerdocio y mutuamente se animaban y corregían.
Después tuvieron que separarse para irse cada uno a lejanas regiones a predicar. Cuando ya eran muy ancianos fueron llamados al Monte Senario para una reunión general de todos los superiores. Llegaron muy fatigados por su vejez y por el largo viaje.
Aquella tarde charlaron emocionados, recordando sus antiguos y bellos tiempos de juventud, y agradeciendo a Dios los inmensos beneficios que les había concedido durante toda su vida.
Rendidos de cansancio, se fueron a acostar cada uno a su celda, y en esa noche el superior, San Felipe Benicio, vio en sueños que la Virgen María venía a la tierra a llevarse dos blanquísimas azucenas para el cielo. Al levantarse por la mañana supo la noticia de que los dos inseparables amigos habían amanecido muertos, y se dio cuenta de que Nuestra Señora había venido a llevarse a estar juntos en el Paraíso Eterno, a aquellos dos que tanto la habían amado a Ella en la tierra y que en tan santa amistad habían permanecido por años y años, amándose como dos buenísimos hermanos.
El último en morir fue el hermano Alejo, que llegó hasta la edad de 110 años. De él dijo uno que lo conoció: "Cuando yo llegué a la Comunidad, solamente vivía uno de los Siete Santos Fundadores, el hermano Alejo, y de sus labios oímos la historia de todos ellos. La vida del hermano Alejo era tan santa que servía a todos de buen ejemplo y demostraba como debieron ser de santos los otros seis compañeros".
El hermano Alejo murió el 17 de febrero del año 1310.
Que estos Siete Santos Fundadores nos animen a aumentar nuestra devoción a la Virgen Santísima y a no cansarnos nunca de propagar la devoción a la Madre de Dios.
Aquellos Siete Santos Fundadores, provenientes de la ciudad de Florencia, que renunciaron al mundo y vivieron como ermitaños en el Monte Senario, nos dieron un gran ejemplo de amor con su particular devoción a la Santísima Virgen María. Sirvieron humildemente a través del cuidado de los enfermos. Su orden, llamada, los siervos de María, se expandió por el mundo entero arrojando frutos de servicio.
Oración a los Siete Santos Fundadores de los Siervos de María
Oh Dios Padre de bondad infinita, que inspiraste a los Siete Santos Fundadores a retirarse al Monte Senario para servir con amor puro a la Santísima Virgen María, escucha nuestras súplicas por su intercesión.
Tú, Señor, que llamaste a estos Santos Fundadores a dejar el mundo y vivir en oración, penitencia y humildad, concede a tus hijos la misma entrega total al Corazón de tu Hijo y a su Madre Inmaculada.
Ayúdanos a imitar su celo por la devoción mariana, su confianza en la providencia y su servicio desinteresado a los hermanos. Que, como ellos, sepamos renunciar a lo pasajero para abrazar lo eterno. Protege nuestras familias, fortalece nuestra fe y llévanos a amar a María como ellos la amaron. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
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Biografía, celebraciones y Fiestas de la Iglesia
Venezolano, esposo y padre de familia, servidor, ingeniero y misionero de la fe. Comprometido con el anuncio del Evangelio. Creyente sólido de que siempre existen nuevos comienzos. Quien a Dios tiene nada lo detiene.